En una nueva edición de *Docentes y Actualidad*, abordamos un fenómeno cada vez más presente en la vida cotidiana y digital: la llamada “cultura de la cancelación”. En una sociedad marcada por la exposición permanente, las redes sociales y la inmediatez de las opiniones, surgen preguntas que invitan a la reflexión: ¿Estamos dejando espacio para el error y el arrepentimiento? ¿Qué ocurre cuando el juicio público aparece más rápido que la comprensión de los hechos?
Para profundizar en estas interrogantes, conversamos con la académica y Directora del Departamento de Filosofía de la UCSC, Lorena Sánchez Echeverría, Magíster en Bioética y especialista en ética y formación humana, quien analiza las implicancias de este fenómeno, el papel de las redes sociales y la importancia de la empatía, la responsabilidad y las segundas oportunidades en la convivencia actual.
¿Qué dice el fenómeno de la “cancelación” sobre la sociedad actual?
Da cuenta de una sociedad que pide expresar opiniones y hacer público su descontento, donde muchas veces se reacciona antes de reflexionar. Esto refleja cierta sensibilidad ética frente a ciertas conductas, pero a veces sin espacio suficiente para el diálogo o la comprensión de la complejidad humana, logrando que se “haga justicia” por sus propias manos.
¿Por qué pareciera existir cada vez menos espacio para equivocarse públicamente?
Porque vivimos en una cultura de exposición permanente. Un error deja de ser algo momentáneo y puede transformarse en un registro viral y que, además, perdura en el tiempo. Eso genera presión por mostrarse siempre correcto y dificulta reconocer algo tan propio como la fragilidad humana y la posibilidad de errar que nos da la libertad.
¿Las redes sociales cambiaron nuestra forma de juzgar a otros?
Sí. Las redes sociales tienden a acelerar el juicio frente a la exposición de una opinión o la visualización de la vida de otra persona. Basan una opinión en 1 minuto de vídeo y se juzga al dueño del contenido por ese minuto que no necesariamente es reflejo de lo que vive en todo un día. Muchas veces conocemos una frase o una imagen aislada y desde ahí emitimos condenas rápidas. La velocidad digital suele debilitar la prudencia y la escucha mutua.
Por otro lado, hay cierta “seguridad” en expresar una opinión detrás de una pantalla o de un pseudónimo. Muchas veces los perfiles muestran a un tipo de persona que no coincide con quien deja un comentario.
¿Qué diferencia existe entre exigir responsabilidad y destruir públicamente a una persona?
Exigir responsabilidad implica reconocer que los actos tienen consecuencias y que las personas deben responder por ellos y, por ende, se espera ese reconocimiento y acciones “reparatorias”. Mientras que destruir públicamente a alguien significa negar esa posibilidad de enmienda o cambio, reduciendo toda su identidad a un solo error.
¿Crees que hoy dejamos poco espacio para el arrepentimiento o las segundas oportunidades?
En muchos casos, sí. Sin embargo, una sociedad verdaderamente humana necesita creer en la posibilidad de rectificación. Si eliminamos toda posibilidad de cambio, terminamos entendiendo a las personas únicamente desde sus fallas.
¿Cómo influye la exposición constante en redes sociales en la forma en que los jóvenes viven sus errores?
Muchos jóvenes sienten que cualquier equivocación puede convertirse en humillación pública. Eso puede generar ansiedad, miedo a expresarse y una necesidad constante de validación externa.
¿Qué rol juega la empatía en tiempos donde todo queda registrado y viralizado?
La empatía permite recordar que detrás de cada publicación hay una persona real, con historia, límites y capacidad de aprendizaje. No elimina la responsabilidad, pero humaniza la manera en que respondemos frente al error.
¿Cómo podemos aprender a convivir con el error sin normalizar conductas dañinas?
Distinguiendo entre comprender y justificar. Podemos reconocer el daño, pedir responsabilidad y proteger a quienes han sido afectados, sin perder de vista la dignidad de quien se equivocó y su posibilidad de cambio.
Finalmente, ¿qué reflexión le daría a quienes sienten miedo de expresarse o equivocarse públicamente?
Equivocarse es parte de la experiencia humana, dada nuestra voluntad y libertad. La madurez no consiste en no fallar nunca, sino en aprender, corregir y crecer. Una sociedad sana no es aquella donde nadie se equivoca, sino aquella donde existe verdad, responsabilidad y también posibilidad de reconciliación. Es importante recordar que no hay una historia única y todo tiene un contexto. Entender eso permite reflexionar y avanzar.